La segura ignorancia

Dice este autor:

Nadie duda de que la gran mayoría de las filosofías y los filósofos más populares no tienen nada que ofrecer frente al rigor, la consistencia y la exactitud del conocimiento científico. Muchos de ellos, cuando no se entretienen injuriando a la ciencia con jerga pomposa pero obscura e indescifrable, se dedican a malgastar papel o bits escribiendo o tipeando sobre el significado del significado. En esta categoría encontramos a los Jacques Lacan, los Martin Heidegger, los Paul Feyerabend tardíos, los Bruno Latour, los Friederich Nietzsche, las Esther Díaz, los Ricardo Forster, los José Pablo Feinmann, las Judith Butler y los Edgar Morín.

Pero claro, el que no duda aquí no es todos, ni la mayoría de las filosofías, ni los filósofos que, con insulsa prepotencia, apoda como «populares»; tampoco los que, en su ilustrada y pretenciosa opinión, se dedicaron a malgastar papel o bits escribiendo, supuestamente, sobre lo que él dice que escribieron. Quien no duda aquí debe ser su falta de entendimiento o inteligencia sobre lo que dice; habla su ignorancia y su ciega fe positivista en pleno s. XXI.

Hay que disculparle, puede que no sea del todo su culpa y que alguien, antes, le persuadiese de ello, hasta terminar repitiéndolo cual mantra o dogma de fe (sí, la ciencia también se las tiene que ver con este tipo de “filosofías” o presupuestos). El resultado: el autor, pese a sus loables intenciones procientíficas, no sabe de lo que habla. Lo que es casi peor, tampoco parece que quiera saber.

En algo sí que estoy de acuerdo, es cierto, todos somos en cierto modo filósofos, pero algunos mejores que otros. Tristemente, se olvida el autor que la propia filosofía de la ciencia, o «científica», no puede, ni debe, entenderse ni manejarse con rigor sin conocer sus fundamentos u orígenes históricos. De hecho el valor, desarrollo y los resultados más actuales de esta, en parte, dependen —y no precisamente por su oposición o contradicción a ella, sino todo lo contrario— de la mayoría de aquellos autores, filósofos o científicos que, precisamente, el autor en este punto de su escrito ningunea y defenestra.

Mi recomendación al autor: dedíquese, si quiere y tiene a bien, claro está, a escribir sobre ciencia aplicada, o incluso dedíquese a ella (la acumulación de resultados científicos se verá, probablemente, acrecentada); pero haga y hágase el favor de no hacerlo sobre ciencia básica y filosofía o epistemología científica, al menos, hasta que haya leído y estudiado, con la debida seriedad y el rigor necesario, aquello que, allí, tan alegre y altivamente, despacha. La filosofía de la ciencia, sin duda, se lo agradecerá, y yo también.

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